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Historias Holibai

🔥 A luz que camiña | by Holibai Baiona

Aquel verano el calor se pegaba a las piedras como un secreto antiguo. En Gondomar, cuando cae la tarde, el mundo parece encogerse: huele a hierba mojada, a leña vieja, a pan recién hecho en los hornos de aldea. Pero aquella noche el aire traía algo más, una inquietud que nadie sabía explicar.


Martiño volvía del bar de Mañufe por el camino viejo, el que bordea el río y se pierde entre los carballos. No llevaba prisa. En el bolsillo le tintineaban unas monedas y en la cabeza un par de copas de vino tinto.


—Boa noite de paseo —se dijo en voz baja.


La luna apenas iluminaba los prados y los grillos hacían su trabajo de siempre, como si nada raro pudiera suceder jamás en aquel valle. Entonces la vio.


Una lucecita temblorosa apareció al final del sendero. Pequeña, azulada, como una brasa suspendida en el aire. Martiño se detuvo.


—Será un vagalume —murmuró.

*vagalume en gallego significa luciérnaga


Pero no era un vagalume. La luz se movía despacio, flotando a un palmo del suelo, girando sobre sí misma como si lo estuviera mirando. Dio un paso hacia él y luego se alejó unos metros.


Martiño recordó las historias de su abuela Elvira, sentada al lado de la lareira.


—“Non sigas nunca as luces do monte, meniño. Son cousas que non queren compañía”.


Tragó saliva. No era un hombre miedoso, pero en Galicia el miedo tiene raíces hondas, clavadas en la tierra desde antes de que existieran los caminos.


La luz avanzó de nuevo. Parecía invitarlo a seguirla.


—¿E ti que queres de min? —le preguntó en voz alta, medio en broma, medio en serio.


El viento respondió moviendo las hojas de los castaños.


Decidió continuar andando, fingiendo indiferencia. Pero cuanto más caminaba, más cerca lo seguía aquella llama sin dueño. En un cruce del sendero, la luz se detuvo, como esperando una decisión.


A lo lejos, desde alguna casa perdida, se oyó el ladrido de un perro.


Martiño recordó otro consejo de la abuela:


—“Se atopas o trasno de lume, fai a sinal da cruz e di alto: eu vou polo meu camiño.”


Se agachó, tocó la tierra húmeda con los dedos y murmuró:


—Eu vou polo meu camiño.


La luz tembló. Dio una vuelta sobre sí misma y se alejó hacia el bosque, desapareciendo entre los helechos.


Martiño echó a correr sin mirar atrás.


Cuando llegó a casa, su mujer lo encontró pálido y sin aliento.


—¿Que che pasa, home? Parece que viches un defunto.


Él se sentó en la cocina, mirando el fuego, y respondió muy serio:


—Peor. Vin algo que aínda anda vivo.


Desde aquella noche nadie logró convencerlo de volver solo por el camino del río. Y cada vez que algún forastero pregunta por qué los vecinos evitan ese sendero al anochecer, los más viejos sonríen y responden:


— Nestes lares hai luces que non son para seguir.


A veces, en las madrugadas de niebla, todavía se ve una pequeña llama azul paseando entre los prados del Val Miñor. Unos dicen que es un reflejo del agua. Otros, que es el trasno buscando a alguien lo bastante valiente —o lo bastante imprudente— para caminar a su lado.


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