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3 min.

Historias Holibai

A Moura do Monte Castelo | by Holibai Baiona

El Monte Castelo siempre despertó respeto. Incluso hoy, cuando la gente sube con móviles y zapatillas, hay un instante al cruzar el último tramo de carballos en que el silencio pesa demasiado. Es ese silencio antiguo, espeso, que viene de antes de que existieran caminos.


En ese lugar, entre dos rocas gigantes que parecen haber caído del cielo, está la cueva donde vive —o duerme— la moura.


Aquella mañana de verano, Luar, un muchacho de Nigrán que siempre soñaba despierto más de lo que dormía, subió al monte buscando un refugio de la realidad. Su abuela había fallecido hacía poco, y el monte, decía ella, “sempre sabe escoitar”.


Pero al llegar al abrigo rocoso, Luar notó algo extraño:

Un perfume suave, húmedo, como tierra mojada mezclada con flores que él no reconocía.

Y un sonido. No viento. No animales.

Un canto, y al mismo tiempo, un susurro.


Se acercó despacio. Sus pasos resonaban demasiado fuertes.


Entonces la vio.


La moura estaba sentada sobre una roca lisa, justo en el centro de la cueva, peinándose con un peine de oro que lanzaba destellos azulados cada vez que tocaba su largo cabello. No era exactamente hermosa. O sí… pero no como una persona. Su belleza era como el filo de un cuchillo: perfecta, peligrosa, imposible de mirar sin sentir un escalofrío.


Ella giró el rostro hacia él. Sus ojos no tenían pupila.

Eran luz líquida.


—Chegaches tarde… —susurró. No sonaba enfadada. Sonaba triste, como si llevara mil años esperando a alguien que nunca llegaba.


Luar quiso huir, pero algo en la voz de la moura lo ancló al suelo.


—¿Qué quieres de mí? —preguntó, la garganta seca.


La moura avanzó despacio. A cada paso, la cueva parecía hacerse más grande, más profunda, como si respirara con ella.


—Estou presa —dijo—. Só quen non tema pode romper o meu destino.


Y le ofreció el peine de oro.


Luar lo miró. En la superficie del metal vio reflejado algo imposible:

él mismo… pero acompañado, sonriendo, viviendo una vida más plena de la que jamás había soñado.

Y a su lado, una figura que era la moura… aunque no exactamente. Una mujer de carne y hueso.


El miedo se mezcló con una extraña ternura.

¿Era posible querer a algo que no era humano?

¿O era solo el hechizo del oro?


La cueva se oscureció. Un murmullo profundo recorrió las piedras, como un gruñido del monte. El aire se volvió frío. Muy frío.


La moura acercó el peine a su mano.


—Trátame con verdade —dijo ella—, e quedarei libre. Se me rexeitas… durmirei outro século.


Luar levantó la mano. La punta de sus dedos rozó el oro.

Sintió un calor extraño, ni doloroso ni agradable… pero vivo, como si algo quisiera entrar en su corazón.


Por un instante creyó que podía hacerlo. Que no tenía miedo. Que podría salvarla.


Pero entonces, detrás de la moura, vio una sombra moverse. Algo enorme, retorcido, como si la cueva tuviera huesos que se doblaban.


El monte gruñó otra vez.


Y aquello fue demasiado.


Luar apartó la mano.


La moura lo miró con una mezcla de tristeza y rabia antigua.

Su canto se quebró, y se transformó en un lamento que heló la sangre del muchacho.


—Así sexa entón… —susurró ella.


La luz del peine se apagó. El cabello de la moura se deshizo en una nube de niebla, y toda ella se convirtió en un remolino oscuro que se fundió con la piedra.


Luar cayó de rodillas. Cuando levantó la cabeza, la cueva estaba vacía.

El perfume había desaparecido.

Todo estaba en silencio.


Solo quedó una hebra de pelo negro, larga y fría como una noche de invierno.


Luar la guardó en el bolsillo.


Desde entonces, algunos dicen que sube cada amanecer al Monte Castelo.

No para buscar oro.

Ni para buscar magia.


Sino porque, en el fondo, piensa que la moura no lo miraba con odio… sino con esa clase de tristeza que solo tienen quienes han conocido el amor una vez cada cien años.


Y porque, a veces, cuando la niebla baja desde O Galiñeiro, se escucha un susurro que pronuncia su nombre.


—Luar…


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